Consejos de sobrevivencia desde Europa

Consejos de sobrevivencia desde Estocolmo, Suecia:

Dicen que la calma llega después de la tormenta.  Mentira o verdad. Al menos eso dicen. Lo que sí me consta es vivir el tiempo después de la cuarentena o vivir en tiempo de pandemia sin confinamiento.

Al final son caras de la misma moneda. Pues aún no existe una vacuna y el virus es más complejo de lo que parece.

No me ha quedado más que aceptar, primero que vivo en comunidad y por ello asumir mi responsabilidad como ciudadano. Respeto así las normas de higiene como lavarme las manos seguidamente. Mantengo un metro y medio de distancia. Uso la mascarilla y evitar los abrazos que tanto me gustan.  Evito salir a bares o restaurantes. También evito comer afuera y solo comida casera.

Lo segundo es que reconozco que soy tan ser comunitario como ser individual. Por ello aprovecho el tiempo para reflexionar en las cosas que he venido haciendo hasta aquí. Aunque me vuelva loco. A veces necesitamos un poco de esa locura para ser más felices.

Pienso en cada una de las cosas que he hecho en mi vida hasta el día de hoy, y así pienso lo que haría diferente cuando todo esto acabe. Algo así como el momento oportuno para empezar una nueva vida.

A todo esto, la anormalidad me está haciendo comprender que las pequeñas cosas son tan importantes como las grandes. A veces en la normalidad olvidamos dar un abrazo y acercarnos a alguien. Entonces hoy vemos que eso es tan valioso como el salvar la vida misma. Nos queda pues romper la barrera del encierro del yo y abrirnos el uno al otro. Hacer de este infierno primavera a un metro y medio de distancia.

Por Luis Morales/ Estocolmo, Julio de 2020

Consejos de sobrevivencia desde Heinsberg, Alemania:

El fin de la vida como la conocíamos parece estar a la vuelta de la esquina, esperándonos desde hace más tiempo del que quisiéramos reconocer. Las noticias que llegan desde cada rincón del planeta parecen dar cuenta de la catástrofe que se cierne sobre nuestro modo de vivir.

El ser humano, en su calidad de mortal, de repente encara un reto que desnuda sus debilidades frente a la naturaleza, que lo mismo nos provee de alimento, que nos pone frente a la puerta de un abismo cuya profundidad no se alcanza a comprender… y si algo nos ha enseñado la lección del tiempo, es que es necesario evolucionar, que el cambio es una constante que no debemos ignorar, no importa cuánto lo intentemos.

Sí, es tiempo de evolucionar, tal vez no desde el punto de vista genético – que defintivamente será necesario, pero sucede a un paso que solo en términos geológicos puede percibirse – sino a un nivel más elemental: en nuestros hábitos diarios, ya sea en la limpieza del hogar, en la higiene personal, en el cuidado de nuestro físico.

Fortalecer el cuerpo a través del ejercicio, afinar las habilidades mentales a través del estudio y de emprender nuevos proyectos, consolidar nuestra situación económica a través del ejercicio de actividades que antes nos parecían ajenas a nuestro entorno. Lo que éramos, por muy cómodo o convienente que haya sido, queda por ahora en pausa y debe dar lugar a una forma de vivir que no depende de parámetros predeterminados.

El cambio es necesario y es mejor enfrentarlo cuando así lo decidimos, que cuando es una obligación debido a las circunstancias. Ya no se trata de si creemos en las historias que escuchamos, se trata de seguir un nuevo plan… y la respuesta a lo que necesitamos está, muchas veces, exactamente donde no queremos buscar: renunciar a las fiestas, regirse por un plan de ejercicios, cambiar de trabajo o incluso inventarse uno nuevo, vivir con limitaciones, etc.

Cuando los cambios son tan rápidos y complicados que no estamos seguros de poder encontrar una salida, hay una fuerza que podemos poner frente al caos: la energía de las personas que nos acompañan en esta vida. Cuando la ley es que las cosas se expandan hacia un estado de desorden, hay personas que se acercan para detener, invertir o revertir este proceso.

Los que te dan equilibrio cuando los cambios suceden demasiado rápido y son demasiado pesados. Los que te ayudan a encontrar un nuevo camino cuando los que conocías se interrumpen, se terminan o se conectan con otros desconocidos. El mismo cambio trae sus atenuantes en forma de una mano amiga, unas palabras de aliento, un café en buena compañía, una cena que se convierte en hábito, una reunión para volver al lugar donde te sentiste seguro.

Y uso la palabra energía de manera premeditada, porque según la ley de la conservación de la energía, esta última no puede crearse ni destruirse, solo se puede cambiar de una forma a otra. El tiempo que las personas comparten con uno – que ya de por sí es una muestra de que te valoran, pues te están regalando parte de su existencia – es una forma de contener la expansión hacia lo desconocido, es una forma de transformar su energía para combinarla con la tuya, es un regalo que a veces tomamos por sentado, que no les reconocemos en su momento.

Recuerdo una historieta de una niña que construía un castillo de arena junto al mar. Era una historia sin texto, que mostraba que la muchachita trabajaba felizmente en su construcción, pero cada vez que llegaba una ola, destruía el progreso que había logrado. Ella se molestaba, gritaba al mar y volvía a construir lo que el agua había estropeado. La escena se repitió varias veces, hasta que la marea empezó a retroceder. La niña dejó de concentrarse en el castillo y fijaba su vista en el mar, en espera de una ola que ya no volvió.

Cuando comprendió que el juego había terminado, vio detenidamente su obra de arte, vio hacia el mar y, finalmente, ella misma destruyó el castillo y se fue a otra cosa.

Cuántas veces nos ha pasado algo similar? Hoy luchamos para aferrarnos a lo que creemos que es nuestro destino, mañana luchamos para soltarlo. Deseamos volver a lo que éramos, solo para darnos cuenta de que esa persona ya no existe.

Quizá Sabina, en su referencia a Pedro Páramo, lo dijo mejor: “En Comala comprendí, que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.”

Hoy somos un poco más viejos que ayer, más jóvenes que mañana al despertar. La tierra, nuestro sistema solar, la galaxia estará mañana mucho más lejos del punto en el que se encuentra hoy.

Si a nuestro lado hay alguien que nos ayuda a contener el desorden, a comprender la constante del cambio, somos realmente afortunados… y tal vez es un buen momento para agradecerles, antes de que las cosas cambien, porque al final,como dijo Heráclito: “Lo único constante es el cambio.”

                                                           Guillermo Zuleta

Heinsberg, Julio de 2020  

Consejos de sobrevivencia desde Ámsterdam, Países Bajos:

Solo imaginen esto:  Una guatemalteca viviendo sola en Ámsterdam, con familia en Estados Unidos y otra en Guatemala, sin novio, hijos o animales.  Mi abuela me llama Pata de chucho porque yo viajaba más de lo que pasaba en casa.  Y si estaba en Ámsterdam estaba en algún restaurante, bar o reunión con amigos. 

En eso se vino la cuarentena en Ámsterdam y me tocó aprender a estar en casa por días y meses.  Solo salía a botar la basura o al supermercado.  Todo mi sistema de vida cambió de la noche a la mañana.   Al principio estuve con miedo, llorando, reclamando, deprimida.  

Pero hice algo que no muchos logran hacer:  cambié mi foco de atención. 

Primero acepté mi presente.  Me di cuenta de que las noticias y los videos que mis amigos y familiares me enviaban por Whatsapp en lugar de hacerme bien me causaban ansia.  También descubrí que meterme a Facebook y ver todo lo que ponían familia y amigos eran parte de su ansiedad y me la estaban trasmitiendo al leerlos o abrir los videos que compartían.  Entonces decidí ponerle un alto a todo eso.  Dejé de poner cosas en Facebook acerca de la Pandemia y de ver lo que otros ponían al respecto. Les pedí a mis amigos que me enviaban cosas por Whatsapp no hacerlo o simplemente no les contestaba.  Ellos entendieron mi silencio.

Después me puse a hacer un listado de cosas que quería y podía hacer desde casa:  1. Ejercicios 2.  Nuevas recetas de cocina 3. Escribir 4. Leer 5. Estudiar algo nuevo 6. Pintar.  Decidí poner en mi listado solo cosas positivas.  No quería salir de la Pandemia alcohólica, obesa, con basura de la televisión, sin ningún propósito o siendo la misma persona que antes de la Pandemia.

Estando en cuarentena había días que se me hacía difícil hacer ejercicios, pintar o simplemente leer, pero me forzaba a hacerlo.   ¿Por qué?  Porque notaba que al hacerlo me sentía mucho mejor anímicamente.   Por ejemplo, al hacer ejercicios dormía mejor, al leer o pintar me relajaba mucho y también dormía mejor.  La cocina me entretenía durante el día y también me hacía pasar las horas rápido y aprendí unas recetas deliciosas de la cocina Mediterránea, que es la que más me gusta aparte de la Latinoamericana. 

Pero lo que más me ayudó en la cuarentena fue estudiar.   Encontré un estudio que me gustaba y me motivaba a seguir aprendiendo.  Pasé horas investigando, leyendo, viendo videos y hasta ahora todavía sigo estudiando.

Una parte del estudio era enseñarnos a cambiar el foco de atención.  Decía que nosotros habíamos aprendido desde niños a quejarnos por lo que carecíamos, pero ¿acaso agradecíamos por lo que teníamos?  Así que nos pusieron a hacer un ejercicio que hasta ahora lo llevo a cabo porque me ha servido mucho.  El ejercicio es escribir 3 agradecimientos al levantarnos y 3 al acostarnos.  Al principio me costaba mucho pero ahora cuando acaba el día me emociona escribir las cosas bellas que me han sucedido durante el día.  Y me doy cuenta que tengo mas cosas por las que agradecer de lo que pensé. Cuando me siento deprimida, con miedo o desganada, leo mis agradecimientos y se me quitan los malos sentimientos.

Desde junio los casos en los Países Bajos han bajado.  Entonces empezaron a abrir restaurantes, bares, peluquerías, pequeños comercios, etc. con medidas, pero abiertos al fin. 

Al principio uno se siente como un niño tímido queriendo alcanzar un dulce que está en la mesa.  El niño no sabe si tomarlo o no, o si lo van a regañar por tomarlo.  Ese mismo sentimiento tuve la primera vez que fui a la peluquería. 

Cuando fui por primera vez a una terraza a tomar una bebida el sentimiento era entre miedo, curiosidad y felicidad. Tuve que firmar una declaración a la entrada del lugar que no tenía el Coronavirus y echarme alcohol en las manos. La verdad que al ir pasando el líquido por mi garganta y sentir el calor del sol en mi rostro me relajé un poco más y tuve esperanza de que algún día vamos a estar en la normalidad de nuevo.

Pero algo que tengo bien claro es que no será una normalidad como la que conocíamos antes de la Pandemia.  Esta Pandemia nos está dando la oportunidad de reinventarnos.  El mundo no será el mismo después de la Pandemia entonces ¿por qué nosotros sí tenemos que ser los mismos?

Aprendí a apreciar las cosas que normalmente no le ponemos importancia como la brisa del viento en el rostro, la sonrisa de la gente que amo, la familia que vive lejos, esos platos que no sé cuándo volveré a comer, esos volcanes majestuosos de mi Guatemala, pero sobre todo extrañé los abrazos.  La primera vez que abracé sentí una felicidad infinita.

Si sientes que la Pandemia nunca va a pasar, te prometo que si lo hará.  En Europa ya ha pasado lo peor y estamos más o menos teniendo una vida normal.  No totalmente pero ahí vamos.

Caeremos, estaremos asustados, perderemos cosas materiales, a lo mejor perderemos algún ser querido ya que muchas vidas se terminarán, nos deprimiremos y estaremos más pobres.  Pero cuando lo peor pasé, nos levantaremos, encontraremos solidaridad, seremos más fuertes, nos abrazaremos y saldremos juntos adelante.

Quiero que me prometas que cuando termine la cuarentena, saldrás con la frente en alto y saldrás de tu casa con una gran sonrisa porque lograste encontrar esa chispa perdida desde hace mucho tiempo ya que has comprendido que era lo que tenías que desechar de tu vida y has encontrado quién realmente quieres ser desde ese momento en adelante.   

                                                            Por Silvia Titus / Ámsterdam, Julio de 2020

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