Ya llegó la Depresión

| Autor(a):  Silvia Titus |

Antes de la Pandemia no se nos permitía llorar.  Gracias a las redes sociales y a lo ocupada que era nuestra vida desde que nos levantábamos hasta que nos acostábamos, no había tiempo de llorar ni había tiempo de demostrar sentimientos.

Pero ahora con el encierro por la Pandemia tenemos tiempo de llorar, de sentir, de darnos cuenta de nuestra vulnerabilidad y de lo inútiles que somos ante un virus que ni siquiera podemos ver.

Estamos viviendo por nosotros y por los que amamos.  Todo lo que tenemos que hacer es quedarnos en casa.  Cuando recién empezamos el encierro teníamos la energía de cantar, de aplaudir para la gente que trabaja en la salud, teníamos la energía de hacer tantas cosas que siempre quisimos hacer y nunca habíamos hecho.

Pero ahora ya llevamos un mes de encierro o más. Todos los días son iguales, terminamos de trabajar el viernes y ya no deseamos que sea fin de semana porque será igual que los días entre semana.  Vemos que las cifras de la gente contagiada y la gente fallecida crecen diariamente y no tenemos esperanza.

Eso es lo que nos falta:  esperanza.  

Leemos en los periódicos o nos cuentan que en Guatemala la gente no cumple con la cuarentena.  En el toque de queda todos están adentro de sus casas, pero cuando pueden salir de casa: los mercados están abarrotados, hay gente que todavía quiere ir a las playas y ¡lo peor!  Esta semana es la Semana Santa y la gente se esta yendo a sus pueblos desde la capital.  En el sábado pasado se escucharon los primeros casos de Coronavirus en Patzún.  De todos los lugares en Guatemala tenía que ser en Patzún: un lugar lejano, remoto y que lo más seguro fue que alguien de la capital que llevaba el Coronavirus, llegó ahí por la Semana Santa.

Nosotros los chapines que estamos en el extranjero escuchamos lo que sucede en Guatemala y se nos parte el alma.   Nos sentimos impotentes ya que no podemos hacer absolutamente nada.    

Yo quisiera poder teletransportarme y estar con mi abuela viendo televisión y platicando de todo un poco, o me encantaría estar en la Antigua en un balcón viendo el Volcán de Agua, o estar a la orilla del Lago de Atitlán, contemplándolo.

Pero no puedo. 

Hoy me siento como lo cantaba Giovanni Pinzón hace algunos años atrás: “Aire me falta el aire, miedo me sobra el miedo, para respirar, para poder luchar…”

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