La mujer de negro

a) solunaAutor: Guillermo Zuleta
Llegó en su negro corcel, vestida de oriente, con lento galopar. La vieron los habitantes de tierras lejanas, mas no reconocieron el color de su piel. La encontraron al amanecer, mientras segaba los campos, y se preguntaron de dónde venía, quién era, pero nadie se atrevió a hablar. Su esbelta figura parecía flotar sobre la tierra, el polvo que levantaba al pasar envolvía a los hombres, que, sin embargo, se reunían para verla cabalgar.

Destruyó los puentes, quemó las naves, arrasó las cosechas y secó los ríos con su insaciable sed. No respetaba límites, se enseñoreaba del horizonte, clavaba sus delgados dedos en la tela que dividía el cielo y la tierra, trazaba líneas que terminaban donde empezaba la vida de los que cubría con su negro manto.

Se ensañó contra los más sabios, los apartó del hogar, su reinado no peligraría ante los aliados del tiempo. Tomó los anillos de arrugados dedos, las llaves de sus hogares, escribió sus nombres sobre piedra, los esparció por el viento. Un niño, inocente en su actuar, le ofreció un clavel que ella rechazó sin voltear, luego se acercó un abuelo y  le ofreció sus margaritas a cambio de que se marchara, entonces volaron sin rumbo pétalos de papel. Sí, ignoró al pequeño, mas no fue por piedad, sino para asegurar que los graneros estuvieran llenos en el futuro, por si se le antojaba regresar.  Incluso el sol, señor del este y del oeste, parecía esconderse detrás de las montañas ante la presencia de aquella que se cubría de noches sin luna.

Poco a poco, demasiado lento quizá, los hombres empezaron a recogerse, a alejarse de los caminos por donde se escuchaban los pasos del corcel. Ella buscaba en los bosques, en el campo, junto a los ríos… incluso entre los resquicios de las puertas y en las grietas del ventanal. Se apostó frente a las entradas de los pueblos, dejó que sus cabellos enmarañados apagaran las estrellas. Envió a su corcel a pastar, pues no pensaba alejarse de aquel lugar. De norte a sur, de este a oeste, su macabra risa resonaba entre campanas, plazas vacías y  campos sin arar. De vez en cuando, algún viajero incauto, que ingoraba su presencia, se cruzaba por el sendero que ella había trazado con sus largas garras… y se la oía deleitarse ante la visión.

Pasaban los días y volvían a empezar, como las aguas del río, que siempre se están alejando y nunca se van. En los pueblos reinaba el silencio. Quedó en el aire alguna cometa, atada a una cerca, quedó en el suelo un arado, incluso el molino, que giraba perpetuamente al ritmo de las estaciones, se cansó de recorrer el mismo camino. Las plantas, a punto de germinar, también se detuvieron antes de mostrar su rostro sobre la superficie de aquellos silenciosos lugares. Entonces ella, aburrida al no encontrar a nadie a quien atormentar, empezó a dormitar entre las ramas de un cardo que le ofreció el lugar perfecto para descansar.

Bastó un segundo… la que llegó vestida de oriente, la de los dedos como agujas y cabellos que atrapaban estrellas, la del corcel oscuro lanzó un grito desgarrador. Fue un resplandor, una línea de plata, una lanceta que atravesó su pecho. Tan confiada estaba, que nada escuchó. Dormida, creyéndose única soberana, no tuvo oportunidad. Frente a ella, un héroe con armadura azul y destellos verdes había apuntado directo al corazón. Un héroe de leyenda que se había esperado por el momento propicio, mas no para esconderse, sino para trazar un plan definitivo para aplacar la fiereza de aquella de ojos como abismos.

Aún alcanzó a llamar al corcel, que raudo respondió a la voz de su jinete. Gotas negras brotaban por la herida, un torbellino de destrucción quedaba tras su retirada. Desapareció en el horizonte, apenas un vórtice de humo gris, mientras juraba que volvería. El héroe de leyenda cayó arrodillado, su rostro marcado por las líneas que su armadura había tallado sobre su piel. Exhausto, se sintió desfallecer, pues había llevado el peso de miles de vidas sobre sus hombros y era, finalmente, tiempo para descansar.

Ya casi cerraba los ojos cuando, flotando entre la línea que divide la realidad y los sueños, escuchó la voz de la gente, que poco a poco volvía a abrir sus puertas y ventanas, maravillados por el retorno de la luz. Orgulloso, sonrió y la última imagen que vio antes de ceder a la invitación de morfeo, fue cómo el campo se cubría de nuevos retoños que, por fin, podían brotar.

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s