HEINSBERG, ZONA CERO

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| Autor(a): Guillermo Zuleta |

Ayer pusieron un cartel donde prohíben el ingreso al jardín de juegos que está frente a la casa. Mientras me preguntaba si realmente es necesario colocar un aviso, que por cierto advierte de consecuencias para quienes lo ignoren, una madre se detuvo a leerlo y luego entró con sus dos hijos y se sentó a ver su teléfono mientras los niños jugaban.

Y así, tal vez, se resume el contraste entre las actitudes que las personas están tomando: mientras unos se han entregado a hacer lo posible para evitar que la enfermedad se propague, otros siguen con la filosofía del “de todos modos, de algo hay que morir”. Todo esto cobra mayor importancia día tras día, pues vivo en  Heinsberg, la ciudad de Alemania donde se identificaron las primeras infecciones. También este departamento – NRW – da cuenta del mayor número de casos y muertes.

Poco a poco la mayoría ha caído en cuenta de que esto es más que un asunto pasajero, que hace falta tomar acciones concretas y aceptar las restricciones impuestas por las autoridades… la mayoría. Aún se ven actitudes como la de la vecina, que por ignorancia o indiferencia decidió que las recomendaciones y prohibiciones no aplican a su familia. También los señores del Kiosko, clientes fieles del negocio, han encontrado más tiempo para reunirse a beber y conversar, ellos también parecen ser inmunes.

En la familia contamos con una enfermera y con una persona que se encuentra en el grupo de mayor riesgo, una combinación particularmente peligrosa, y son estos detalles los que hacen las actitudes desafiantes y desconsideradas aún más ofensivas. Aun los adolescentes, que usualmente son rebeldes, parecen haber entendido mejor lo que está sucediendo, pues los he escuchado hablar de las opciones que tienen a su alcance en lugar de salir y reunirse.

El misterio de la desaparición del papel higiénico sigue atacando, las estanterías reflejan esta curiosa extinción, incluso hubo un caso de personas que rompieron el vidrio de un auto para extraer los paquetes de papel que el dueño llevaba. Loable la tarea de las personas que trabajan en hospitales, farmacias, supermercados, panaderías y otros establecimientos que, por su naturaleza, no pueden simplemente quedarse en casa.

La calle está casi vacía, puedo constatarlo desde mi ventana. Parece una escena de película post apocalíptica, solo hace falta la planta rodante cruzando el horizonte y, sin embargo, en lugar de la fantasmal figura aparece una mujer con dos niños. Es la misma que entró al jardín de juegos, y ahora se dirigen a la panadería, que queda del otro lado de la calle… igual, hay gente detrás del mostrador para atenderla.

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